lunes, 6 de junio de 2011

La sabiduría del leñador


Es un cuento que quiero compartir con ustedes.
A ver si podemos ampliar nuestra visión del mundo.

Había un anciano que vivía en una pequeña aldea. Aunque pobre, era envidiado por todos porque era dueño de un hermoso caballo blanco. Hasta el rey codiciaba su tesoro. Nunca antes se había visto un caballo como ese, tal era su esplendor, majestuosidad y fuerza.

La gente le ofrecía sumas fabulosas por el caballo, pero el anciano rechazaba todas las ofertas.

—Para mí, este caballo no es un caballo —les decía—. Es un amigo ¿Cómo podría vender a un amigo?
El hombre era pobre y la tentación era grande. Pero nunca vendió su caballo.

Una mañana descubrió que el caballo no estaba en el establo. Todo el pueblo vino a verlo.
Viejo tonto —le decían—, te dijimos que alguien te robaría tu caballo. Te advertimos que eso podía ocurrir. Eres tan pobre ¿Cómo podías pretender proteger a un animal tan valioso? Hubiera sido mejor venderlo. Te hubiera pagado el precio que quisieras. Ninguna suma hubiera sido demasiado alta. Ahora ya no tienes el caballo y te ha caído la maldición de la mala suerte.

El viejo respondió:
—No hablen tan pronto. Digan solamente que el caballo no está en el establo. Es todo lo que sabemos; el resto es juicio. Si he sido maldito o no ¿Cómo pueden saberlo? ¿Cómo pueden juzgarlo?

La gente contestó:
—¡No quieras hacernos pasar por tontos! Quizás no seamos filósofos, pero no se necesita mucha filosofía. El simple hecho de que tu caballo se haya ido ya es una maldición.

El anciano volvió a hablar:
—Todo lo que sé es que el establo está vacío, y que el caballo se ha ido. El resto no lo sé. Que sea una maldición o una bendición, no lo podría decir. Todo lo que vemos es un fragmento ¿Quién puede decir lo que ocurrirá después de ésto?


La gente del pueblo se rió. Pensaban que el anciano estaba loco. Siempre lo habían creído; si no lo estaba, hubiera vendido el caballo y vivido del dinero de la venta. En cambio, era un pobre leñador, un viejo que seguía cortando leña, sacándola del bosque y vendiéndola. Vivía en la miseria más extrema. Con ésto, había probado que sin duda, estaba loco.

Después de quince días, el caballo volvió. No se lo habían robado; simplemente se había escapado al bosque. No sólo había regresado, sino que trajo una docena de magníficos caballos salvajes con él. De nuevo la gente del pueblo se reunió alrededor del leñador y dijeron:
—Anciano, tenías razón y nosotros estábamos equivocados. Lo que creíamos que era una maldición, resultó ser una bendición. Perdónanos.

El hombre respondió:
—De nuevo, ustedes van demasiado lejos. Digan sólo que el caballo volvió. Que una docena de caballos volvió con él, pero no emitan juicio ¿Cómo pueden saber si ésto es una bendición o no? Ustedes ven sólo un fragmento ¿Cómo pueden juzgar si no conocen la historia? Han leído sólo una página del libro ¿Cómo pueden juzgar el libro completo? Han leído sólo una palabra de la frase ¿Cómo pueden entender la frase completa?
La vida es tan inmensa, y ustedes juzgan la vida entera con una página o una palabra ¡Todo lo que tienen es un fragmento! No digan que esto es una bendición. Nadie lo sabe. Estoy contento con lo que sé. No me perturba lo que no sé.

—Tal vez el anciano tiene razón —decían entre ellos.
Así que hablaron poco. Pero bien adentro, creían que el anciano estaba equivocado. Sabían que era una bendición. Doce caballos habían regresado con uno. Con un poco de esfuerzo, los animales podría ser amaestrados, entrenados y vendidos por mucho dinero.

El anciano tenía un hijo, un solo hijo. El joven empezó a entrenar a los caballos salvajes. Después de unos pocos días, se cayó de uno de los caballos y se rompió ambas piernas. De nuevo los aldeanos se reunieron alrededor del anciano y emitieron sus juicios.

—Tenías razón —le dijeron—. Has probado que tenías razón. La docena de caballos no fueron una bendición. Eran una maldición. Tu único hijo se ha quebrado ambas piernas y ahora tú, a tu edad, no tienes a nadie que te ayude. Estás peor que antes.

El anciano les dijo:
—Ustedes están obsesionados con emitir juicios. No lo hagan. Digan solamente que mi hijo se quebró las piernas ¿Quién puede saber si ésto es una bendición o una maldición? Imposible saberlo. Sólo tenemos un fragmento. La vida viene en fragmentos.

Aconteció que unas pocas semanas después, el país se enfrascó en una guerra contra un país vecino. Todos los jóvenes de la aldea fueron reclutados para ir a pelear. Sólo excluyeron al hijo del anciano porque tenía sus piernas quebradas. De nuevo la gente se reunió alrededor del anciano, llorando y lamentándose que sus hijos habían sido mandados a la guerra. Había pocas probabilidades que volvieran con vida. El enemigo era fuerte y la guerra podía terminar en una amarga derrota. Nunca volverían a ver a sus hijos.

—Tenías razón, anciano —le dijeron—. Dios, el destino o lo que más allá de nosotros este, sea lo que sea, sabía que tenías razón.
Ésto lo prueba. El accidente de tu hijo fue una bendición. Sus piernas están rotas, pero a lo menos él está contigo. Nuestros hijos se han ido para siempre.

El anciano se expresó otra vez:
—Es imposible hablar con ustedes. Siempre están llegando a conclusiones. Nadie sabe. Digan sólo ésto: Sus hijos tuvieron que ir a la guerra, y el mío no. Nadie sabe si ésto es una bendición o una maldición. Nadie es tan sabio como para saberlo.  Suponen, piensan, imaginan, sospechan pero la verdad no la saben, está más alla de ver en partes las cosas. Aceptar lo que pasa, sin cuestionamientos es de un verdadero sabio.

El viejo tenía razón. Sólo tenemos un fragmento. Los contratiempos y los horrores de la vida son solamente una página de una gran libro. Debemos ser lentos en llegar a conclusiones. Debemos reservar el juicio sobre las tormentas de la vida hasta que conozcamos la historia completa.

1 comentario:

  1. muy interesante relato, sobre todo por el mensaje!.
    te dejo un fábula, cortita, es de Augusto Monterroso, un escritor guatemalteco que me gusta mucho (después de Galeano, Walsh, Jauretche, y otros, claro):
    LA OVEJA NEGRA, FÁBULA.
    En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

    Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

    Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

    Saludos, @pinguinosensato

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